sábado, 17 de enero de 2026

SOBRE PUENTES Y TRINCHERAS.

 


            El mundo en general está evolucionando hacia una polarización social y política. Los extremos avanzan y las posiciones moderadas tienden a retroceder. Habría muchos ejemplos pero podría valer como referencia lo que ha sucedido en Chile en la segunda vuelta electoral en la que han competido una comunista con alguien que se dice seguidor de Pinochet. Años antes en Colombia la elección también en segunda vuelta fue entre Petro (exguerrillero) y Rodolfo (seguidor de Hitler según sus propias palabras). En Europa también ganan peso las posiciones las opciones más radicales . En España en las últimas elecciones en Extremadura han mejorado posiciones tanto VOX como Podemos.

            Una de las consecuencias de esta polarización es que el debate ya ha dejado de centrarse en las ideas para hacerlo en las personas. No se trata de elegir lo que se pudiera considerar una opción alternativa mejor ya sea en la economía, la educación, la sanidad… Lo que centra el discurso es la descalificación del adversario como persona. Por eso es cada vez más habitual que se llegue a la descalificación y al insulto. Ello mismo provoca que la otra parte responda con eso mismo. Abundan los gritos y faltan las palabras.

            “La supuesta maldad” ya no es tanto atribuida a unas determinadas ideas, sino que más bien se atribuye a la propia caracterización personal. Ello supone que todo aquello que pueda decir o proponer esa persona directamente se rechaza, no tanto por lo que dice como por quién lo dice. Así se construyen continuamente trincheras desde las que se observa y combate al “enemigo”.

            En España tenemos un claro ejemplo de esa “personificación” en cómo se sustituye la referencia al “socialismo” por la del “sanchismo”.  Se combate mucho más al personaje que a lo que puedan ser las ideas que pueda representar.

            Los noticieros se llenan de crónicas de tribunales. Cuando la acusación llega a un líder de un partido, este suele responder con otra que le llega al que le ha acusado. Así llegamos a una interminable lista de “acusados” de haber cometido delitos. Los jueces ganan protagonismo y los parlamentos dejan de serlo para ser una especie de “gallinero” de cruces de insultos. No se debaten proyectos y lo que hay son acusaciones personales. La ciudadanía se cansa de todo ello.

            Antes en Europa la dinámica social llevaba a evitar gastos en armamento y reducir las prestaciones que debía prestar la ciudadanía en el servicio militar. Ahora es justo lo contrario, todos los países buscan ampliar sus presupuestos de defensa y se incentiva el hacer el servicio militar. Incluso Mark Rutte secretario general de la OTAN afirmaba nada menos que “había que prepararse  para guerras como las de nuestros abuelos y bisabuelos”. Creo que la polarización que se está dando a nivel social y político también se extiende a otros ámbitos como el militar.

            A mí personalmente me preocupa esta situación. Creo que no nos lleva a nada bueno y que hay que pararla cuanto antes. No cabe tampoco responsabilizar  de ella exclusivamente a los políticos y menos aún a los del “partido contrario”. Es una situación que se está produciendo a nivel mundial y en muchos lugares se sustenta con el voto de la ciudadanía. Es decir, algo tenemos que ver. El cambio debe empezar por nosotros mismos y no cabe demandar que otros lo hagan por nosotros.

            En España no creo que sea bueno que nos encaminemos a una división en la que una parte de ella esté gobernada por fuerzas independentistas y la otra por pactos PP-Vox. Esa es una España de confrontación y eso siempre es peligroso. Hace falta llegar a una España de integración y para ello hay necesidad de establecer “puentes” entre sus diferentes partes. No se trata de hacer “concesiones” que supongan agravios a otras zonas y tampoco de que sólo una parte debe “ceder” para llegar a esos consensos.

            Las divisiones fortalecen a aquellos que quieren acabar con “el nosotros común”. Hay que empezar a considerar que los puntos en común como “españoles” pueden ser más importantes que aquello que puedan ser las diferencias ideológicas o personales. La debilidad de esos consensos ha sido la principal fortaleza de aquellos que apuestan por fórmulas de ruptura.

            La unidad se construye desde el respeto a la pluralidad. Sin embargo a la vez hay que decir que entre los primeros que no respetan esa pluralidad nos encontramos a las fuerzas independentistas y nacionalistas que simplemente hacen la división entre “nosotros” y “España”. Evidentemente eso no es respetar la pluralidad social. No digamos aquellos que siguen sin condenar el asesinato del que pensaba diferente.

            Los puentes se construyen desde la voluntad de “unir”, las trincheras se hacen para “ganar” al contrario. Hace falta fortalecer esos deseos de unidad desde la fórmula del respeto. Hoy en España, en Europa y en el mundo parece que caminamos en sentido contrario. Por eso mismo es hora de hacer una llamada para rectificar el rumbo.

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