El mundo en
general está evolucionando hacia una polarización social y política. Los
extremos avanzan y las posiciones moderadas tienden a retroceder. Habría muchos
ejemplos pero podría valer como referencia lo que ha sucedido en Chile en la
segunda vuelta electoral en la que han competido una comunista con alguien que
se dice seguidor de Pinochet. Años antes en Colombia la elección también en
segunda vuelta fue entre Petro (exguerrillero) y Rodolfo (seguidor de Hitler
según sus propias palabras). En Europa también ganan peso las posiciones las
opciones más radicales . En España en las últimas elecciones en Extremadura han
mejorado posiciones tanto VOX como Podemos.
Una de las
consecuencias de esta polarización es que el debate ya ha dejado de centrarse
en las ideas para hacerlo en las personas. No se trata de elegir lo que se
pudiera considerar una opción alternativa mejor ya sea en la economía, la
educación, la sanidad… Lo que centra el discurso es la descalificación del
adversario como persona. Por eso es cada vez más habitual que se llegue a la
descalificación y al insulto. Ello mismo provoca que la otra parte responda con
eso mismo. Abundan los gritos y faltan las palabras.
“La supuesta
maldad” ya no es tanto atribuida a unas determinadas ideas, sino que más bien
se atribuye a la propia caracterización personal. Ello supone que todo aquello
que pueda decir o proponer esa persona directamente se rechaza, no tanto por lo
que dice como por quién lo dice. Así se construyen continuamente trincheras
desde las que se observa y combate al “enemigo”.
En España
tenemos un claro ejemplo de esa “personificación” en cómo se sustituye la
referencia al “socialismo” por la del “sanchismo”. Se combate mucho más al personaje que a lo
que puedan ser las ideas que pueda representar.
Los
noticieros se llenan de crónicas de tribunales. Cuando la acusación llega a un
líder de un partido, este suele responder con otra que le llega al que le ha
acusado. Así llegamos a una interminable lista de “acusados” de haber cometido
delitos. Los jueces ganan protagonismo y los parlamentos dejan de serlo para
ser una especie de “gallinero” de cruces de insultos. No se debaten proyectos y
lo que hay son acusaciones personales. La ciudadanía se cansa de todo ello.
Antes en
Europa la dinámica social llevaba a evitar gastos en armamento y reducir las
prestaciones que debía prestar la ciudadanía en el servicio militar. Ahora es
justo lo contrario, todos los países buscan ampliar sus presupuestos de defensa
y se incentiva el hacer el servicio militar. Incluso Mark Rutte secretario
general de la OTAN afirmaba nada menos que “había que prepararse para guerras como las de nuestros abuelos y
bisabuelos”. Creo que la polarización que se está dando a nivel social y
político también se extiende a otros ámbitos como el militar.
A mí
personalmente me preocupa esta situación. Creo que no nos lleva a nada bueno y
que hay que pararla cuanto antes. No cabe tampoco responsabilizar de ella exclusivamente a los políticos y
menos aún a los del “partido contrario”. Es una situación que se está
produciendo a nivel mundial y en muchos lugares se sustenta con el voto de la
ciudadanía. Es decir, algo tenemos que ver. El cambio debe empezar por nosotros
mismos y no cabe demandar que otros lo hagan por nosotros.
En España no
creo que sea bueno que nos encaminemos a una división en la que una parte de
ella esté gobernada por fuerzas independentistas y la otra por pactos PP-Vox.
Esa es una España de confrontación y eso siempre es peligroso. Hace falta
llegar a una España de integración y para ello hay necesidad de establecer
“puentes” entre sus diferentes partes. No se trata de hacer “concesiones” que
supongan agravios a otras zonas y tampoco de que sólo una parte debe “ceder”
para llegar a esos consensos.
Las
divisiones fortalecen a aquellos que quieren acabar con “el nosotros común”. Hay
que empezar a considerar que los puntos en común como “españoles” pueden ser
más importantes que aquello que puedan ser las diferencias ideológicas o
personales. La debilidad de esos consensos ha sido la principal fortaleza de
aquellos que apuestan por fórmulas de ruptura.
La unidad se
construye desde el respeto a la pluralidad. Sin embargo a la vez hay que decir
que entre los primeros que no respetan esa pluralidad nos encontramos a las
fuerzas independentistas y nacionalistas que simplemente hacen la división
entre “nosotros” y “España”. Evidentemente eso no es respetar la pluralidad
social. No digamos aquellos que siguen sin condenar el asesinato del que
pensaba diferente.
Los puentes
se construyen desde la voluntad de “unir”, las trincheras se hacen para “ganar”
al contrario. Hace falta fortalecer esos deseos de unidad desde la fórmula del
respeto. Hoy en España, en Europa y en el mundo parece que caminamos en sentido
contrario. Por eso mismo es hora de hacer una llamada para rectificar el rumbo.
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